Hay instantes en la vida, en que el tiempo se convierte en presente: presente intenso, presente y nada más; es entonces cuando captamos todo el universo, vivo y encendido, dentro de este presente; es entonces cuando el lenguaje no puede describir el fenómeno; no hay palabras, porque cuando ocurre esto, la conciencia humana experimenta plenitud.
Uno de los múltiples caminos para llegar a la plenitud, es la costumbre de poner el cuerpo desnudo en contacto con los elementos naturales con los que la especie humana ha convivido íntimamente a lo largo de miles de años; el cuerpo desnudo, que para muchos es sinónimo de escándalo, de pecado, de indecencia; el cuerpo desnudo que para otros representa fealdad; el cuerpo desnudo que para demasiadas personas se identifica con pobreza, con miseria, con suciedad...
Ningún vestido fabricado por la mano humana se aproxima a la belleza de un lirio o de una rosa, aunque en su elaboración se hubiera utilizado todo el oro del mundo. No obstante, si se priva a alguien, desde su nacimiento, de la visión de la rosa, cuando en alguna ocasión accidental la contemple, se la mirará con un cierto recelo, examinará sus espinas, no se atreverá a tocar sus pétalos por miedo a una urticaria, y al final, la considerará quizá una flor extraña, oscura, gris, quizá brusca, demasiado salvaje para ser mostrada.
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