Los pequeños logros que fue alcanzando Irwin no le habían sacado aún de la «zona de la muerte», explica. «Al menor esfuerzo me caía». Empezó a acudir a la zona nudista de la playa de Hendaya. «Ni siquiera sé cómo me vino la idea», relata.
«Me di cuenta de que estar desnudo en la playa y bañarme todos los días me venía muy bien. A los pocos meses había salido de la zona de muerte. Noté una vuelta de energía, que seguiría subiendo con el tiempo». Irwin es ahora un convencido del «poder curativo extremo del mar». Un día, unos amigos de este lado de la frontera que le encontraron desnudo en la playa le reprocharon su aspecto. «Me condenaron por inmoral sólo por el hecho de estar desnudo», dice. «Encontrar algo que te choca es una cosa y calificar a alguien de inmoral, otra». En su argumentación aquellos amigos esgrimieron la idea de que no eran los únicos a los que les parecía mal la situación. «Nadie lo ve bien», dijeron.
Fue cuando Irwin se hizo una pregunta que explica quizás su trayectoria actual. «¿Cómo pueden decir que lo que me ha salvado la vida es inmoral? ¿No tienen en cuenta el bien que me ha producido y me condenan por esto? ¿En qué se basa este juicio?».
Decidió así empezar a pasear desnudo fuera de la playa para conocer la reacción de la gente. «Y he descubierto que hay muy pocas reacciones negativas. Muy poca gente lo toma mal. Muchos se ríen. Con los años, la gente me conoce y ya soy una figura en Hendaya».
Después de unos años de experimentar las reacciones de la gente ante su presencia desnudo ha llegado a una conclusión: «El juicio de aquellos amigos fue injusto. Se basó en las apariencias. No había nada malo en estar desnudo», sentencia.
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