Según asociaciones de consumidores, uno de los colectivos que más instancias, apelaciones, solicitudes y memorandos dirige a las instituciones es el de los naturistas y nudistas. Ya sea para que sea liberalizada su actividad, o para ampliar permisos, o para poderse ubicar con comodidad sin tener que recurrir a parajes recónditos, no paran de dirigirse a quien corresponda. Pues ya es pena, que el personal aficionado a reposar por ahí en carnes tenga que andarse con tanto papeleo y besalamanos, poco menos que pidiendo perdón. Para mí que estos amantes de los cueros vivos y bien ventilados, a estas alturas, todavía andan como mohínos y reverentes, como pidiendo amparo para sus vergüenzas. O quizá es que andan como gatos escaldados y que han llegado a esta sumisa condición a través de mil súbitas y descompuestas retiradas, dejando en escolleras y zarzales jirones de sus cueros, de esos cueros que quienes les corrían a pedradas consideraban procaces y pecadores. Y es que estos pobres amigos de que el sol y el aire iluminen y oreen hasta el último pliegue de lo que la naturaleza les dio, han andado demasiado ejerciendo su afición de sobresalto en sobresalto, con la angustia de cuándo aparecerán los mirones, o los cafres, o los guardias, con la penosa duda de si la cosa irá de multa, de perdigonada o de cantazo. A estos aficionados a andar en porretas, y qué pasa, les han obligado a montárselo tan de mala manera, casi como por militancia, que así ya no tiene gracia. A ver, un poco de respeto, de una vez.
Pablo Muñoz
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