Posteriormente, entre mis 16 y 20 años, y con el mismo Chrysler de mi hermano Alfonso que yo, chango nomás, ya manejaba como mío, con Arturo y Jaime Dávalos, José Ríos y ya con el Cuchi Leguizamón, de la misma edad de Arturo, los cinco íbamos hacia tantos escondidos cauces y pozos de aguas cristalinas y entre sombreados follajes del entorno a la quebrada de Castellanos, nos dábamos el gusto de bañarnos desnudos.
[...]
Hoy pienso, que tal vez nos desnudábamos ante la Naturaleza, es decir ante Dios, sin avergonzarnos de mostrarnos burlándonos mutuamente sobre las partes que tras el pecado original y perder la inocencia, fuimos condenados a llevarlas rigurosamente tapadas para siempre.
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