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- Editorial
Diario de un nihilista
Publicado el: 25-Abril-2008
Desnudos. La desnudez humana no es humillante, ni pecaminosa... ni estética.
Durante siglos, el cuerpo desnudo evocó los momentos del nacimiento y de la muerte. También, condiciones extraordinarias de enfermedad, locura, encarcelamiento o tortura. Grupos de personas desnudas sólo podían apreciarse en circos romanos, mercados de esclavos, prostíbulos o campos de prisioneros.
Perder la ropa era perder la dignidad humana (los animales no se confeccionan vestidos), la identidad personal (todos los cuerpos desnudos se parecen, se confunden, se pierden) y los derechos naturales (la persona sin ropa queda completamente indefensa, no sólo ante la mirada de un posible agresor, sino ante las armas y los instrumentos de tortura que éste pueda portar). El cuerpo desnudo, en su lastimosa indefensión, no suscitaba un impulso sexual ni una emoción artística, sino más bien sentimientos morales: compasión, piedad, indignación, solidaridad, espíritu justiciero.
La historia de los desnudos colectivos se había quedado en la etapa de los campos de concentración. Hasta este momento, los pensadores y los artistas llegaron a la conclusión de que la ropa era la última defensa del individuo ante el poder implacable y omnímodo del Estado, y que la intimidad de la desnudez era el último reducto inviolable y sagrado de la persona frente a los abusos de la multitud fanatizada, de la policía y del ejército. Posteriormente, en la década de 1970, se popularizaron en Europa y América los campos nudistas (la playa oaxaqueña de Cipolite lleva casi tres heroicas décadas ofreciendo arena —casi— virgen, promiscuo oleaje y hongos alucinógenos a los turistas nacionales y extranjeros).
El nudismo se convirtió en un deporte minoritario, como el golf, el ajedrez o el salto al vacío. La desnudez, en condiciones a un tiempo permisivas y reglamentadas, perdió toda connotación erótica (es sabido que un cuerpo semidesnudo es más deseable que uno totalmente en cueros, y que el desnudo multitudinario torna mediocres y precarios los cánones de la belleza corporal —por decirlo de una manera elegante).
Fósiles de la UNAM. El fósil más antiguo del mundo —110 millones de años— resultó ser de una langosta, llamada Palinurus palacios (como si de algún personaje del novelista Fernando del Paso se tratase). Fue encontrado por investigadores de la UNAM, el año pasado, en el municipio de Ocozocuautla, en Chiapas, de donde probablemente sería originaria en última instancia esta especie marina.
La escala ascensional. “El amor más fuerte y más puro no es el que sube desde la impresión, sino el que desciende desde la admiración”: Santa Catalina de Siena.

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